Fotografía de guerra y el Bang Bang Club

enero 06, 2019


La fotografía de guerra tiene en el Bang Bang Club a cuatro de sus principales referentes: Greg Marinovich, Kevin Carter, Ken Oosterbroek y João Silva. Este grupo de fotógrafos retrataron la violencia sudafricana durante el conflicto generado en la transición del apartheid al sistema democrático entre 1990 y 1994. Los dos primeros recibieron el Pulitzer, pero también dos de ellos murieron dramáticamente: Ken Oosterbroek cayó abaleado y Kevin Carter se suicidó 4 meses después de tomar la terrible y célebre fotografía de la niña sudanesa acechada por un buitre.

"El hombre ajusta su lente para tomar el cuadro justo de su sufrimiento" St. Petersburg Times

Siempre me he preguntado las razones por las cuales una persona decide especializarse en la fotografía de guerra. ¿Adictos a la adrenalina o vocación por mostrarle al mundo lo más abyecto de la condición humana? ¿Dinero, fama, aventura o compromiso periodístico? ¿Morbo o demencia? ¿Suicidas en potencia? En todo caso alguien tiene que hacer el trabajo sucio: mostrar la guerra aunque nos cueste el pellejo para decirle al mundo que la estupidez humana no tiene límites.


La guerra no es un espectáculo. Aunque la prensa actual se empecine por decir lo contrario, retratar una guerra para venderla como pan caliente no es la función del periodismo de conflicto. Se hace periodismo de guerra para informarle al mundo que la brutalidad humana se desarrolla en un nivel, en un lugar, en una determinada sociedad, con un tipo particular de violencia, y que todo esto debe generar reflexión y sobre todo la urgencia de intervenir.

"Me preguntaba en cual milisegundo siguiente iba a morir"
Kevin Carter

El Club del Bang Bang y el tipo de fotografía de guerra que sus miembros realizaron en Sudáfrica y Sudán, pese a las controversias que generaron algunas de sus prácticas, son un ejemplo claro de la extraña capacidad que tenemos de retratarnos como especie, una especie que es capaz de pintar el Guernica de Picasso, pero también de fotografiar a un sudafricano incendiando a otro por razones políticas o étnicas.

Tanto en el Guernica de Picasso, que muestra el cubismo de un bombardeo durante la guerra civil española, y la fotografía de Greg Marinovich sobre la quema de un hombre en la Sudáfrica que intentaba liberarse del apartheid, hay dos cosas en común: que el arte puede ser sórdido a su manera y que nosotros podemos contemplar su proeza como admiradores atónitos de nuestra propia crueldad.

¿Es la fotografía de guerra un arte?

Cuando vemos por ejemplo que las fotografías de guerra de James Nachtwey, Paul Hansen o Ron Haviv trascienden lo eminentemente documental, entonces estamos ante un tipo de fotografía que plantea una estética de la guerra. El fotógrafo abandona la función mecánica de la cámara para pintar con luces una realidad que en sí misma es brutal. No sólo registra, sino que embellece. No sólo retrata, sino que trasforma. Entonces surge entre todas las paradojas la más humana: que somos hermosos y horribles al mismo tiempo.

"Ellos entienden que un extraño que ha venido con una cámara para mostrarles al resto del mundo lo que les está sucediendo, lo hace para darle una voz en el mundo exterior que de otra manera no tendrían"
James Nachtwey
Pero no toda la fotografía de guerra es elaborada artísticamente. En el caso del Bang Bang Club y sus 4 fotógrafos, impera más el instante que el proceso. La anécdota, el momento, la inmediatez, se encuentran muy por encima de la creación. Buscar técnicamente una intención artística en medio de una línea de fuego, o mientras un hombre asesina a otro, es de una dificultad pasmosa e inútil. Allí no hay artistas; hay adrenalina y pericia técnica. El fotógrafo debe decidir entre abrir el diafragma o recibir un balazo en la cabeza.

Bang Bang Club: el infierno personal y fotográfico

Cuatro jóvenes y cuatro cámaras. Un país triturado por el racismo. Mandela saliendo de la cárcel. Dos partidos políticos: el ANC y el Inkatha. Fuego cruzado, violencia política, una guerra civil en ciernes. La misma crueldad humana de siempre retratada en el The New York Times, Times, The Associated Press y en numerosas agencias y medios internacionales.

Pero en medio del infierno, estos cuatro fotógrafos tenían su propio infierno personal. El infierno de todo fotógrafo de guerra: levantar la cámara o intervenir. Ser una cámara o una persona. Sorprenderse ante la muerte o revelarla sin asombros en el laboratorio. Llenarse de lágrimas ante la imagen de un niño mutilado, o reducir la velocidad de obturación para fotografiarlo en la oscuridad.

"Siempre es lo que somos, lo que vemos y lo que creemos que es importante. Hacemos bien hasta un cierto punto. Cogemos algo del sufrimiento de la gente."
Joao Silva
Ser fotógrafo de guerra es como ser un patólogo forense. Salvo las distancias que existen entre ambos oficios, la experiencia y el contacto con la muerte endurecen el corazón. Lo humano deja de ser urgente, importante, y se convierte en mercancía editorial o simples datos de consumo. Después de la gloria, surge la inevitable sensación de vacío. El extravío: ¿quién se encuentra detrás de la cámara? Tal vez otra cámara. No un hombre.

“El sentimiento de culpa quizá tenía que ver con nuestra capacidad de ayudar. Manejar la culpa es fácil. Superar la incapacidad de ayudar es mucho más difícil, casi imposible.” Greg Marinovich
Bang Bang significa violencia según los códigos del fotoperiodismo de guerra. Después de que Greg Marinovich recibiera el Pulitzer, la revista sudafricana Living inmortalizó a los 4 fotógrafos como el Bang Bang Club. El grupo era una mezcla juvenil de temeridad, intrepidez, arrogancia, alcohol, marihuana, pero también de un profundo amor por la fotografía bélica, documental y antropológica.

Kevin Carter, el buitre y la niña

Por su adicción a las drogas, Kevin Carter es despedido de la revista sudafricana que agrupó al Club Bang Bang durante años. Decide trasladarse a Sudán junto a João Silva, para cubrir de forma independiente y a través de la Operación Lifeline Sudán, la hambruna de Sudán del Sur. Allí es donde logra tomar una de las fotografías más controversiales del siglo pasado: una niña sudanesa hambrienta y en agonía que en su camino al campamento de la ONU, es acechada por un buitre quien al parecer espera su muerte para devorarla.

“Es la fotografía más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla. La odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”. Kevin Carter
La foto fue comprada por el The New York Times y recorrió el mundo en pocos días. Carter recibe el premio Pulitzer por ella y en numerosas entrevistas, cuando le preguntaban si había ayudado a la niña, lleno de respuestas ambiguas, enfrentó duras críticas por las sospechas que se tejían en torno a la posibilidad de que en efecto Carter había tomado la foto, ahuyentado el buitre, pero dejando a la niña en el lugar. 4 meses más tarde, deprimido y lleno de deudas, decide suicidarse envenenado con monóxido de carbono.

Una discusión ética

El filme Bang Bang Club (2011), dirigido por Steven Silver y protagonizado por  Ryan Phillippe, Taylor Kitsch y Frank Rautenbach, nos cuenta la historia de los 4 fotógrafos del Club desde una perspectiva que alude el componente ético del fotoperiodismo de guerra, sin deslindar el aspecto humano de quienes lo ejercen.

Fotograma del filme "Bang Bang Club" o "Fotógrafos de la muerte"
La película es una versión del libro The Bang Bang Club: snapshots from a Hidden War, escrito por Greg Marinovich y João Silva, y muestra la crudeza no sólo de un país inmerso en la violencia, sino el comportamiento de 4 jóvenes fotógrafos que aún en medio del conflicto, y capturando a diario su horror, muestran una actitud un tanto fría y hasta cierto punto banal frente a la tragedia sudafricana.

Pero ni el filme, ni las duras críticas que recibió Carter con la fotografía de la niña y el buitre, pueden retratar a cabalidad la experiencia personal de un fotógrafo de guerra en pleno ejercicio de sus funciones. Distanciarse del objeto que está frente a la cámara, anular todo atisbo de compasión, arraigarse al lente y no modificar lo que está ocurriendo frente a él, ha generado una discusión ética en la que hay pocos acuerdos.

Si Carter hubiera ayudado a la niña, ¿existiera la fotografía? ¿Qué era más importante: una foto o la vida humana? ¿Participo en el suceso o no? ¿Modifico la historia? ¿Qué tipo de ser humano soy si ya nada me conmueve o afecta? Las preguntas pudieran no tener límites. Sin embargo, habría que preguntarse también qué tipo de personas son los fotógrafos de guerra. Volvemos al ejemplo del patólogo forense.

"Estoy atormentado por las memorias vivas de matanzas y cadáveres y enfadado y dolido... por lo niños hambrientos y heridos, por los malos hombres, a menudo policías, por las ejecuciones a muerte..." Kevin Carter
En el periodismo de conflicto la cercanía permanente con la muerte y la barbarie anestesian tanto a periodistas como a reporteros gráficos. Ambos desarrollan un umbral del dolor muy diferente al de las personas comunes. Están programados para visitar el infierno, pasearse por él, y regresar más tarde a la redacción para decir: “Así es el infierno, esto ocurre, he aquí su rostro”

Si un médico sintiera pánico por las agujas y terror por la sangre, ¿hiciera a cabalidad su trabajo? Salvando las distancias con la fotografía de guerra, este ejemplo pudiera darnos una idea de la armadura emocional que cubre este tipo de oficios. Lo mismo aplica para el periodismo de sucesos donde los gráficos deben retratar cadáveres, mutilaciones, o muertes violentas.

En todo caso, y para el caso de Carter, pudiéramos decir: “Haz la foto, está bien, pero ayuda a la niña.” No es un buitre frente a una gacela moribunda, es un buitre frente a un ser humano. Pero, ¿y si en lugar de una niña hubiera sido una gacela? La respuesta es contundente: la gacela no sería digna de un Pulitzer ni del The New York Times. La muerte es una de nuestras más preciadas mercancías. La barbarie, nuestro mayor espectáculo.

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